El método Scaloni ya está en el radar del ecosistema del management. Consultoras, papers de recursos humanos y hasta Forbes Argentina lo diseccionan buscando lecciones para la alta dirección. En una nota reciente, Fabián Jalife –fundador de Business Meets Culture (BMC Consultores) y director metodológico del proceso– identifica cuatro lecciones centrales para la alta dirección: poner a la persona antes que el talento, correr el ego individual en favor de un propósito compartido, sostener el rendimiento sin quemar al equipo, y diseñar sistemas anti frágiles que se fortalecen con la adversidad (Forbes Argentina, 2026). Es una lectura rigurosa, que vale la pena leer. Pero hay algo que no dice, y que desde Grow- género y trabajo no podemos dejar de nombrar: nada de esto sería tan disruptivo si no estuviera, además, corriéndose del molde de la masculinidad tradicional.
El liderazgo corporativo tradicional y los mandatos de masculinidad tradicional comparten una misma ecuación: liderar es no mostrar grietas, dudas o errores; dirigir es imponer verticalmente; y la autoridad se sostiene en una racionalidad y certeza que se reafirman en la invulnerabilidad. El método Scaloni funciona, precisamente, porque invierte esa ecuación desde un terreno que ningún varón en un cargo de liderazgo puede desestimar por “blando”, amateur, poco exigente o competitivo: ser campeón del mundo (y dos veces de América) en el fútbol masculino.
Lo que el management no nombra
La nota de Forbes lo dice sin decirlo. Cuando analiza este estilo de liderazgo, está describiendo, en el fondo, una masculinidad que se permite algo que el mandato tradicional prohíbe: reconocer que necesita del otro. Al fin y al cabo, se trata de los estilos de liderazgos empáticos, humanos, inclusivos y transformadores, que promovemos desde la agenda DEI hace años, y que algunos gobiernos, compañías y CEOs están censurando o desfinanciando, en nombre de una “energía masculina” añorada por ser -supuestamente- más competitiva (Mark Zuckerberg dixit). Resulta al menos llamativo que sea a raíz del DT de una selección de Fútbol, que estas prácticas sean finalmente leídas como management de vanguardia y no como debilidad. Enhorabuena, gracias campeón.
“Bajar a Messi del póster”
Uno de los gestos más citados del proceso es haber corrido a Messi del lugar de ídolo solitario. Scaloni entendió que ese armado –la estrella que carga sola con el peso del equipo, mientras el resto juega “para” ella– es un modelo de liderazgo heroico que el mandato de masculinidad tradicional alimenta constantemente: el varón exitoso como una isla, autosuficiente, que no necesita apoyarse en nadie porque eso sería una falla de carácter. Construir el grupo antes que el equipo, hacer que el sueño de Messi fuera el sueño compartido de todo el plantel, es un ejercicio concreto de corresponsabilidad: descentralizar el poder, repartir el protagonismo, dejar de premiar al que se las arregla solo.
Un liderazgo transformador hace lo que hizo Scaloni con Messi: reconoce el talento individual, pero lo pone al servicio de un nosotros y, al mismo tiempo que lo humaniza, lo fortalece.
Antifragilidad no es negar la herida
Este es, para nosotros, el punto más importante de toda la serie. El concepto de antifragilidad –que un sistema no solo resista los golpes, sino que se fortalezca con ellos– se puede leer, mal, como una nueva versión del viejo mandato: “los hombres no lloran, se levantan”. Como si la fortaleza consistiera en no sentir el golpe.
Es exactamente lo contrario. La antifragilidad que muestra el método Scaloni no es la negación masculina de la vulnerabilidad: es lo opuesto. Requiere primero reconocer el dolor –la derrota inicial ante Arabia Saudita, la remontada de Francia en la final– para después procesarlo y transformarlo. No hay activador sin herida reconocida. Ese plantel es menos frágil, menos inseguro, no porque se haya endurecido, sino porque se permitió abrazar la vulnerabilidad como una fortaleza en sí misma: sostenerse entre ellos, hablar de lo que dolía, pedir ayuda. Ya es un clásico escuchar a los jugadores de la Scaloneta hablar de la importancia de cuidar su salud mental con acompañamiento profesional, verles llorar de emoción en la cancha o en una entrevista, o leer sus expresiones de afecto y amor en los posteos de redes sociales.
Esa es la habilitación emocional que un mandato de masculinidad tradicional bloquea sistemáticamente, y que un modelo de masculinidades positivas y saludables pone en el centro.
Lo que este caso no resuelve solo
La idealización nunca es un buen camino; por un lado, porque vuelve extraordinario e inalcanzable, algo que necesitamos promover en lo cotidiano. Por otro lado, porque idealizar deshumaniza, y por tanto descuida. Todo lo contrario a lo que este método propone.
La vulnerabilidad no puede ser un lujo de un plantel de élite, como si estuviera permitida solo a quienes ya ganaron un Mundial. Por eso en Grow no lo usamos como una anécdota inspiracional para admirar de lejos, sino como un espejo que obliga a preguntarse: ¿qué de esto practicamos, y qué evitamos, en nuestro propio equipo? ¿Qué podemos aprender de este estilo de liderazgo y gestión que ofrece el DT cuyo apellido ha devenido apodo de la mejor selección del mundo?
Un taller para pensarlo con los propios equipos
Por eso, dentro de nuestro programa de formación en liderazgos que toma como disparador la serie documental sobre la Selección, incluimos un módulo (opcional exclusivo para varones o en modalidad mixta) que lleva el mismo nombre que esta nota: “El método Scaloni, un liderazgo fuera de la caja de la masculinidad”. Ahí trabajamos, a partir de fragmentos de la propia serie, tres ejes: la gestión emocional como estrategia de equipo y no como debilidad, la construcción del grupo por sobre el ego individual, y la diferencia entre autoridad y autoritarismo.
⚽ Si querés llevar el método Scaloni de la cancha a tu organización, contáctanos.



