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Los derechos de las infancias y de quienes las cuidan son una cuestión pública. La lactancia no es un lujo ni una elección privada: es una práctica vital que debe ser sostenida por toda la sociedad.
Esta podría ser otra nota sobre la Semana Mundial de la Lactancia, pero desde Grow – género y trabajo queremos que sea un disparador, una invitación a pensar críticamente, a cuestionar y a transformar. Porque la leche humana no es solo alimento, es un vínculo y es un derecho que permite la supervivencia en los primeros meses de vida. Ahora bien, ese derecho no puede ejercerse en soledad. Por eso nos preguntamos: ¿Por qué nos cuesta tanto asumir que la lactancia es una responsabilidad colectiva y no una carga individual? Dar la teta no debe ser un camino de sacrificio o un acto de heroicidad, sino una responsabilidad de toda la comunidad. Y las empresas también participan de este compromiso más amplio.
Garantizar el derecho a amamantar en condiciones dignas en el mundo laboral no es sólo una medida sanitaria o de bienestar individual, sino una política clave para asegurar la igualdad de género si se pretende construir organizaciones inclusivas y respetuosas de los derechos humanos. Hacer posible la lactancia en contextos laborales exige algo más que voluntad: requiere infraestructuras adecuadas, políticas, liderazgos comprometidos y una transformación profunda en la cultura organizacional.
Los datos son contundentes y preocupantes. En Argentina, el regreso al trabajo es el motivo principal por el cual se interrumpe la lactancia: lo hace el 28% de las personas gestantes, y en el caso de quienes trabajan en relación de dependencia, esa cifra asciende a casi 40% (UNICEF, 2024). La mayoría de las mujeres que trabajan fuera de casa no logran sostener la lactancia exclusiva cuando se reincorporan. Esto no es una falla individual, es la consecuencia de una organización social del cuidado desbalanceada donde las familias y en este caso quienes amamantan, absorben la mayor parte de la carga del cuidado.
El problema es estructural. En 2022 un informe de la entonces Dirección Nacional de Economía, Igualdad y Género titulado El costo de cuidar confirmaba que las mujeres con hijos/as enfrentan una penalización económica clara: ganan 33,7% menos por hora que los varones con hijos/as, trabajan en promedio 15 horas semanales menos que ellos y enfrentan mayores niveles de informalidad, desempleo y precarización. La presencia de hijos/as en el hogar impacta directamente en sus trayectorias laborales y sus ingresos. Este fenómeno es conocido mundialmente como “penalización de la maternidad” y no es exclusivo de la realidad de las mujeres trabajadoras en Argentina, pero acorde a datos globales nuestro país es uno de los más hostiles para las mujeres que son madres y trabajan. La lactancia, en ese sentido, se convierte en un punto de inflexión, quienes la sostienen lo hacen con un enorme esfuerzo personal y muchas veces a costa de su salud física, mental o su carrera profesional.
El primer paso es informar con responsabilidad. La forma en que hablamos sobre lactancia importa, porque el lenguaje no solo refleja realidades, también las moldea. Por eso, es importante ampliar la idea de lactancia más allá del modelo tradicional madre-hijo, para incluir todas las experiencias posibles en las que ese alimento esencial circula como acto de cuidado: desde quienes amamantan directamente hasta quienes alimentan con leche humana en otros vínculos familiares o comunitarios.
Al mismo tiempo, debemos revisar críticamente el uso generalizado del término “leche maternizada”, cuando lo que existe son fórmulas farmacológicas diseñadas como suplemento o sustituto en situaciones específicas. Si bien su desarrollo científico ha sido clave para salvar vidas, su promoción masiva y su uso como reemplazo sin indicación médica debilitan el reconocimiento de la lactancia como derecho y práctica vital. Frente a esto, el primer paso ineludible es implementar campañas de información, con datos fidedignos y accesibles, que acompañen a quienes amamantan y preparen a su entorno —familiar, comunitario y laboral— para sostener la lactancia como lo que es: una responsabilidad colectiva.
Desde Grow – género y trabajo acompañamos a organizaciones que buscan transformarse en espacios más equitativos, inclusivos y diversos. Nos dedicamos a impulsar procesos de cambio para que puedan asumir un rol activo y consciente en la tarea de cuidar a nuestras infancias mientras cuidan también a quienes amamantan. Porque sabemos, por experiencia propia y por la voz de tantas trabajadoras, que no alcanza con una sola medida, por más bienintencionada que sea. Tener un espacio amigo de la lactancia es importante, pero si no está acompañado por una mirada integral y una batería de políticas complementarias, pierde efectividad.
Se necesita mucho más: campañas de sensibilización para los equipos, licencias igualitarias, horarios flexibles, acceso a kits de extracción, bancos de leche humana, información confiable y acompañamiento constante. No se trata solo de infraestructura, sino de transformar la cultura laboral para que nadie tenga que elegir entre producir leche y cumplir con su trabajo, ni sentir que su derecho incomoda o que debe rendir como si nada hubiese cambiado. Para que eso sea posible, también es clave un Estado presente, que regule, promueva y acompañe estas transformaciones con políticas claras y sostenidas.
Insistimos: los derechos de las infancias y de quienes las cuidan son una cuestión pública. Así como sería inadmisible que un lugar de trabajo no tenga baños, debería resultarnos igual de inadmisible que no tenga condiciones adecuadas para ejercer el derecho a amamantar. La lactancia no es un lujo ni una elección privada: es una práctica vital que debe ser sostenida por toda la sociedad.