Por Carolina Garber, equipo de RRII de Grow- género y trabajo
Al pensar en un buen lugar para trabajar, es muy posible que las primeras variables que nos vengan a la mente sean cuestiones intangibles: un buen clima, colaboración entre pares, líderes que actúen como facilitadores proactivos y un ambiente donde el aprendizaje horizontal sea prioritario. Por supuesto, también incluimos una retribución acorde a nuestras responsabilidades y espacio para el crecimiento personal y profesional.
Sin embargo, ese “clima” no flota en el vacío. En Grow- género y trabajo tenemos la convicción de que esto se asienta sobre una infraestructura física y digital que puede ser un factor central de bienestar o de exclusión. Entendemos que cada experiencia en el espacio de trabajo es distinta: la edad, las costumbres, el origen y las posibilidades o limitaciones físicas influyen directamente en cómo habitamos la oficina o el hogar. En esta nota hacemos énfasis en el género con una mirada interseccional como una variable crítica, para analizar cómo el diseño de los entornos puede mitigar o profundizar las brechas que afectan principalmente a mujeres y diversidades.
La trampa del home office idealizado
El auge del home office se instaló como una promesa de libertad, pero hoy vemos sus costos operativos ocultos. Para muchas identidades ha significado una profundización de las desigualdades preexistentes. Cuando el/la empleado/a financia la infraestructura de la empresa (internet, electricidad, mobiliario), se asume un estándar de “hogar equipado” que ignora las disparidades socioeconómicas.
Para las mujeres, esta “casa-oficina” suele ser un territorio de negociación constante. Según datos de la OIT (2024), las mujeres en teletrabajo suelen interrumpir su jornada hasta tres veces más que los hombres debido a las tareas de cuidado. Aquí, la infraestructura digital falla: si las herramientas no contemplan la asincronía o el derecho a la desconexión, la flexibilidad se convierte en una jornada infinita. Según Deloitte (2024), el 50% de las mujeres en esquemas híbridos reportan agotamiento crítico. Sin límites físicos que separen lo productivo de lo reproductivo, el hogar deja de ser un espacio de bienestar para convertirse en uno de disponibilidad total.
La transición hacia la presencialidad: barreras y costos invisibles
La otra cara de la moneda es que el retorno a la oficina también presenta desafíos críticos que no siempre se mapean con claridad. Si bien el teletrabajo tiene sus fallas, hoy se ha convertido en una alternativa que permite gestionar ciertas logísticas que el modelo presencial tradicional ignora. Para que el regreso sea sostenible, las organizaciones deben diseñar políticas de flexibilidad real que trasciendan el rígido esquema de horario fijo. Un retorno indiscriminado no contabiliza el impacto de las horas de viaje, que se traducen directamente en una pérdida de tiempo para el cuidado y en una logística familiar mucho más compleja y costosa.
Desde una perspectiva de género, esta presión recae desproporcionadamente sobre las mujeres, quienes continúan liderando la planificación del hogar y la gestión de traslados. Si la oficina no ofrece una mejora sustancial en la calidad de la infraestructura y en el ambiente social que justifique el desplazamiento, y si además no se consideran en la estructura salarial los gastos de movilidad y alimentación, el balance de costo-beneficio para la persona se rompe. La presencialidad solo es efectiva cuando deja de ser un espacio de control para convertirse en un entorno de valor que reconoce la integralidad de la vida.
Salud mental e infraestructura de cuidado
Lo que hoy se requiere es una infraestructura que democratice el bienestar bajo una perspectiva de salud integral:
- Ansiedad por productividad: en mujeres y diversidades, el estrés se duplica ante la necesidad de “sobre-rendir” para ganar reconocimiento en espacios donde históricamente han sido minoría. Un espacio que cuida ofrece seguridad psicológica: un entorno donde el descanso no se penaliza y el diseño permite enfocarse sin el agotamiento de la sobreestimulación.
- Infraestructura que sostiene la vida: esto implica lactarios dignos y baños universales. No son detalles estéticos: las empresas con entornos inclusivos tienen un 39% más de probabilidades de retener talento diverso (McKinsey, 2024).
- Accesibilidad como autonomía: un entorno que no contempla la discapacidad obliga a un gasto de energía extra. La democratización real ocurre cuando el diseño elimina obstáculos, permitiendo que la energía se use para crear y no para “sobrevivir” al espacio.
Un camino hacia la transformación
Desde Grow- género y trabajo acompañamos a las organizaciones en el desafío de repensar sus entornos. Creemos que el cambio siempre es posible cuando se inicia desde lo concreto y se avanza de manera escalonada. A partir de nuestra experiencia técnica en América Latina, presentamos estos ejes de acción que las organizaciones pueden comenzar a explorar hoy mismo:
- Prevención de violencias y acoso: implementación de protocolos robustos para la prevención y abordaje del acoso sexual y la violencia de género, tanto en el espacio físico como en entornos digitales (ciberacoso); incluye la creación de canales de denuncia seguros y señalética informativa sobre conductas no toleradas.
- Infraestructura física y espacial: implementación de salas de lactancia bajo estándares internacionales, baños universales y señalética inclusiva; adaptación del mobiliario para la diversidad de cuerpos y capacidades motoras.
- Entornos de bienestar digital: políticas sostenibles de conectividad e infraestructura ergonómica para el teletrabajo, asegurando que el espacio remoto no sea un lugar de precariedad.
- Cultura de salud integral: realización de diagnósticos técnicos para identificar “puntos ciegos” de exclusión en los planes de integración de políticas de trabajo con infraestructura para potenciar la salud mental.
- Estrategias de movilidad: reconocimiento del viaje como parte de la jornada, ofreciendo horarios escalonados para evitar horas pico y situaciones de inseguridad en el trayecto.
Construir ambientes laborales que cuidan exige dejar de ver el espacio como un gasto inmobiliario y entenderlo como una herramienta de salud pública y equidad. La infraestructura, física o digital, debe ser el soporte que garantice que ninguna persona tenga que sacrificar su integridad física o mental para ser productiva.
¿Tu organización está lista para dar el siguiente paso? El futuro del trabajo exige espacios que dejen de ser silenciosos y empiecen a hablar un lenguaje de respeto, diversidad y cuidado real. Desde Grow– género y trabajo, podemos ayudarte a diseñar el camino que mejor se adapte a tu cultura organizacional.
🌿 Si tu empresa u organización busca avanzar hacia entornos de trabajo que cuiden, contáctanos.



