Lo transgresor del deporte

 

Por Celina De Belaieff, Azul Picón y Georgina Sticco.

Introducción

En un país como Argentina, el fútbol es una parte importante de nuestra cultura. Se asume que a todos y todas nos gusta y es casi impensable que haya una persona sin un equipo asignado al nacer (si, casi como el sexo que nos asignan desde la ecografía, ¡también nos asignan un equipo!).

En conclusión, millones de personas en nuestro país se sienten afectadas, tanto por pertenecer como por no hacerlo a este ambiente. Por otro lado, el fútbol, como tantos otros deportes, ha sido, y sigue siendo, un ícono de la masculinidad. Representación de lo heroico, la fuerza, la lucha, la superación, la valentía. Sólo recientemente, y gracias a luchas de varios colectivos, se ha logrado que las mujeres puedan participar, tanto como periodistas, como deportistas, tanto amateur como profesional (con todo lo que queda por hacer).

Es en este contexto, entendiendo la importancia del deporte en nuestra cultura, de la cantidad de seguidores y de su poder comunicacional, es que queremos dar una opinión, desde Grow – Género y Trabajo, a lo sucedido en Boca en relación a la denuncia por violencia de género de uno de sus jugadores estrella.

 

Violencia de Género

En Argentina, en lo que va del año se produjeron 110 femicidios, 3 trans/travesticidios y 6 femicidios vinculados de varones. Además, según datos de la línea 144, el 98% de las personas que se comunicaron durante el 2021 fueron mujeres y un 92% denunció violencia doméstica. El 88% de las personas agresoras fueron varones y en el 83% de los casos, quien cometió las agresiones fue una pareja o ex pareja. En relación con los tipos de violencia registrados, el 95% manifestó haber atravesado violencia psicológica, el 67% violencia física y el 14% violencia sexual. 

 

El rol desde las instituciones

Esta problemática social no puede resolverse sólo desde el Estado. Todas las instituciones deben, desde su lugar, identificar qué pueden hacer para deslegitimar la violencia de género. Es decir: que se deje de naturalizar cualquier tipo de violencia, en particular, la de género.

¿Resulta suficiente que una institución cuente con un protocolo de actuación en casos de violencia por razón de género, identidad de género u orientación sexual y con un Departamento de Inclusión e Igualdad? Es necesario, pero no es suficiente, dado que las herramientas y los equipos de trabajo solos no pueden cambiar la cultura de una organización.

Esto se complica dentro de un club deportivo, donde las relaciones de poder se multiplican: están quienes trabajan en el club, quienes son fans del club, quienes van al club a realizar algún deporte como amateurs, quienes entrenan profesionalmente, además de los/as periodistas, los equipos técnicos, las personas que arbitran. Es un mundo de relaciones cruzadas por género, edad, tipo de deporte, antigüedad, haciendo un entramado de poder. 

Culpar a los departamentos, comisiones o áreas de género sobre si hacen lo suficiente, tampoco es correcto, dado que son quienes lidian con estas relaciones, y donde en general pueden sugerir y recomendar pero no siempre tienen el poder de tomar las decisiones difíciles. 

La legitimidad de los valores de una organización debe ser un compromiso de todas las partes integrantes de una organización, desde la dirección hasta quién nos da la bienvenida. 

 

Qué aprendemos del caso de Boca

Si un dirigente (vicepresidente) de una organización manifiesta públicamente su agradecimiento a un integrante de su equipo que fue denunciado por una situación de violencia de género hacia su pareja, manifestando además que …“lo que pasa fuera de la cancha es otro tema”, deslegitima e invisibiliza el compromiso manifestado por el club.

La violencia de género desde hace muchos años dejó de ser un tema privado para transformarse en una responsabilidad pública; lo que evidencia la falta de perspectiva de género por parte de la dirigencia del club. A su vez, resulta innecesario manifestarse públicamente saludando a uno de los integrantes del equipo cuando pesan sobre él denuncias tan graves, por respeto a quien se encuentra atravesando la situación de violencia de género por la que se lo imputa, por respeto al Departamento de Inclusión e Igualdad con el que cuenta la institución que comunicó que se encuentra a disposición de la denunciante y por la responsabilidad social que carga sobre sus hombros dado que es un integrante de uno de los clubes de fútbol más populares de nuestro país. 

Queremos plantear este dilema desde lo ético: el club puede decidir no rescindir su contrato, pero siendo el jugador una figura pública, el club debería detenerse a pensar qué implicancia social tiene hablar (o no hacerlo) del tema, en tanto es una marca seguida y admirada por millones de personas. Si no se dice nada, es claro que están siendo ciegos al tema, y si lo apoyan a Villa está claro el mensaje a los/as/es fans: no importa si sos violento o no, importa lo que haces en la cancha. Es decir: el club no asume su responsabilidad en sostener un entramado social que habilita y naturaliza la violencia.

 

Desde los medios de comunicación

Aplaudimos acciones como las de Olé, que en lugar de repetir los descargos del jugador (que usó la metáfora de Caperucita Roja y el Lobo Feroz), salió a repudiar y explicar comunicacionalmente lo que significa la revictimización. 

 

 

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